Carta a Diego
Reconozco que no has cambiado en estos últimos cinco años: El mismo sombrero negro que me gustaba y más de una vez jugamos a cambiar de cabeza. La misma capa desteñida que te negaste a abandonar. «Me trae suerte», me decías. Esa barba de cuatro días que me arrancó más de un suspiro cuando tomabas posesión de mí y te hacías dueño de mis deseos. Todavía ahora mientras escribo, siento como mi cuerpo estalla llamándote a gritos. ¿Te gusta oírlo, verdad? No lo negaré: lograste que cada esquina de mi piel vibrara y se ofreciera sin condiciones al hombre que me hizo navegar por todos los sueños...
Por lo que veo, conservas la costumbre de adornar tu nariz con purpurina y de pintar de azul el contorno de tu ojo izquierdo. Pocas cosas han cambiado, salvo esa poco creíble cicatriz de mal gusto que desciende por tu frente hasta la mitad de tu mejilla. Sigues usando el mismo overol blanco lleno de círculos de colores ¿Recuerdas? Me pediste que te pintase uno y, como una imbécil, saqué mi lápiz labial y lo hice. Aún sigue ahí, junto al tirante que cuelga de tu hombro derecho. El rojo... ¡Cómo me lo mostraste a gritos la última vez que discutimos!
—¡Mira la prueba de mi paso por tus piernas! Estos son de otras. Métetelo en tu cabeza: ¡Yo llevo el traje y tú eres la payasa!
Ahí acabó todo. Yo arrastré mi rabia y mis lágrimas al cuarto de baño y tú fuiste a buscar a otra pintora.
Déjame decirte —sin rencor— que debes haber perdido facultades: La mayoría ya decoraban tu peto cuando desvalijaste mi amor y mi orgullo.
Me gustabas antes mucho más. Tu mirada, entonces una llama viva, ahora parece una de esa que te encuentras a la salida de un entierro. Aquella boca varonil que imantaba mis labios con solo mirarla es hoy una vieja rosa marchita. El tiempo, corazón, horada la piel y —lo digo por experiencia— restaña las heridas.
Lo que quiero en realidad, es que tomes el libro que te envío y escribas tu historia. Cuenta tus logros, tus hazañas. Habla de los montes de venus que has escalado, de las mujeres que has usado y tirado luego a la basura. De lo bien que se come a cuenta de unas pobres ciegas que te daban todo por un mal polvo.
No te preocupes por el título de esta historia. Me he tomado la molestia de grabarlo en el lomo con letras de oro sabiendo que ese es el color que más te gusta: "La verdadera historia de un hijo de puta".
Nunca más tuya, Eloísa
Comments and Responses
Be the First to Comment